3. La cárcel del deber ser

El deber no es algo que se imponga en contra de uno mismo. Hay muchos “deberes ser” que vienen desde fuera, y que muchas veces adoptamos de manera automática. Esto da origen a ciclos en los que la persona no logra ajustarse a esos mandatos, pero tampoco renunciar a ellos. La consecuencia de esto es un sentimiento de culpa constante. Sentirse “en falta” permanentemente.

Un deber que no se asume con entusiasmo y plena convicción es solo un medio para violentarnos a nosotros mismos. Nos aleja de nuestra esencia y únicamente cumple con el papel de satisfacer a otros y de evitarnos afrontar el miedo que significa desobedecer sus designios. Es una situación alienante y tormentosa. Por un lado nos impide descubrir quiénes somos realmente. Por otro lado, nos lleva a un continuo conflicto interno.

El deber también es algo que fluye naturalmente. Nos planteamos límites o restricciones porque sabemos que renunciando a lo inmediato podríamos obtener un bien superior. Por eso lo hacemos con convicción y alegría, no con opresión y pena.

Todos los errores que bloquean la conciencia tienen que ver con esa tendencia a resistirnos frente a la realidad y a tratar de forzar algún proceso. Todo ello nace del ego, de esa pulsión interior que nos induce a poner nuestro yo por encima de la realidad. Esto nos impide ver y comprender, pero además nos conduce al sufrimiento.

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